Habiendo terminado el festejo de cumpleaños de mi amiga Pato, volví a casa con la firme idea de ducharme y dormir. Cerré la puerta de entrada, click a la llave de luz…oscuridad.

Casi a tientas llegué a la ‘cajita’ donde está la térmica. El disyuntor estaba bajo. Intenté subir la tecla…volvió a bajar. De más está que les recuerde que hacía más de 30º…y dentro de la casa creo que había unos cuantos más.

Saqué la linterna de la mochila y empecé la recorrida desenchufando todos los artefactos de la casa: heladera, microondas, lavarropas, tele, acondicionador de aire. Volví a levantar la tecla…volvió a caer.

Varios intentos más…me resigné e intenté dormir. Así como los fakires pueden dormir en cama de clavos…sentí que me acostaba en cama de fuego. Entendí perfectamente la canción Beds are burning, de Midnight oil. Cubrí las sábanas con una toalla, abrí la ventana, volví a bañarme. Nada.

Cerca de las 3.30, casi cuando estaba resignada a no dormir, fui asaltada por una idea brillante…de esas que no se pueden abandonar…de esas que acaloran más aún…pero ilusionan. Linterna en boca empecé a buscar todos los ‘alargues’ de la casa: 4 en total. Me vestí, busqué el hueco de la escalera y empecé a deslizar los cables hasta la planta baja. Con curitas me aseguré que los empalmes resistieran. No solo que llegaron hasta la planta baja sino que me sobraba casi un metro de cable. Sujeté todo en cada piso para darle cierto toque de prolijidad y fui directo a la mesa donde está la lámpara para usarle el enchufe.

En unas semanas se cumplirían 12 años de vivir en el edificio y recién anoche me di cuenta que nunca vi prendida esa lámpara. Claro, no hay enchufes a la vista en toda la zona…es un simple adorno…no está para alumbrar sino para ocultar alguna mancha de humedad de la pared.

La emoción con la que extendí los cables se vio opacada con la decepción con la que los recogí. El plan perfecto falló en su última etapa.

Cuando la ilusión se empezaba a apagar casi como la luz de la linterna, saqué el burlete de la puerta de entrada para que entrara un poco de aire y me acosté en el piso del comedor.

Dormité un poco y en cuanto escuché los primeros ruidos bajé. Encontré al encargado a punto de tomar mates. Dejó todo presuroso y vino. Desarmamos todas las llaves de luz, bajamos el ventilador de techo, revisamos cada portalámparas y nada. Finalmente, arrojamos el alargue por mi construido por la ventana y me dio corriente eléctrica desde el patio de su casa. Al menos pude prender el aire un rato. Cuando se iba me comenta al pasar…’ayer se cortó la luz en todo el edificio’. Me sentí Juan Peruggia pensando ‘¿y ahora me lo venís a decir?’

Conseguimos al segundo electricista…el que colocó la llave térmica y el disyuntor hace unos años. Entró, miró, preguntó: ¿estás segura que yo instalé ésto? Porque está mal…la fase tiene que entrar acá y entra acá. (Los acás para mi eran iguales).

Cuestión, el corte de luz quemó el disyuntor, la térmica tiene poco amperaje y no se qué otro detalle más: tablero nuevo y luz!!!!

Las consecuencias del apagón se están haciendo notar ahora: comida congelada que ya no está congelada, bebidas tibias, computadora con un disco menos, linterna sin pilas, ventilador de techo en proceso de desguace, sueño…muuucho sueño.

Solo porque puedo, prendí la tele y me puse a ver Crónica TV que está haciendo un especial con las catástrofes climáticas del día: tornado en Villegas, sismo en el norte argentino y alerta por tormentas en la capital.

María, intentando quitar de la menta la loca idea de comprar un grupo electrógeno doméstico…

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