Supe que el año pasado se estreno una película llamada Escondida en Brujas o algo así, y transcurría en la ciudad de Brugge en Bélgica. Cuando me la contaron me dijeron que ese lugar era como una aldea medieval o algo así.

Amanecí en un día soleado en Brujas. Caminé a la vera de los canales y llegué a la plaza. Definitivamente el lugar parecía salido de una película. Capital mundial de la bicicleta.

Comprobé que, como en el resto del mundo, ahí también nos podemos comunicar por señas. Señalé un cajón de bananas e indiqué un 2 con los dedos, las envolvió y me mostró un dedo de la mano. Le di un Euro y seguí caminando. Igual para el resto de las compras…hasta en el correo sirvió eso.

Hice un crucero en bote por los canales. Siempre la magia de los puentes obligándome a tomar fotos en cada cruce, sin darme cuenta que para el que las ve son simplemente puentes…la magia la percibí yo…pero la foto ni se entera.

Una ciudad poblada de negocios que venden unas artesanías que son como bordados en hilo blanco, sobre lienzo blanco, formando todo tipo de dibujos y fantasías. También muchas ventas de zapatos de madera…como las que usan los duendes o elfos o esas cosas…perdón mi ignorancia.

En un lugar que casi no recuerdo, me apoyé para sacar algo de la mochila y sentí un pinchazo. Una especie de espinita se me había enterrado en el pulgar izquierdo. La quité y seguí mi camino…para mi ahí había terminado la historia. Ayer acabé con la caja de Cefacar que me recetaron para la infección…parece que traje algo más que recuerdos de Bélgica. Todavía molesta y nadie se anima a meterle mano…voy a tener que volver a ver a un médico.

Me enamoró la ciudad…pero no se si para más de un día. Temo que cayendo el sol se pierda el encanto. No me quedó lugar sin recorrer…sólo me restaba volver.

El chofer de la van que me llevaba a París se llamaba Sebastian, sin acento en la última ‘a’. Viendo que iba sola me invitó a viajar con él. Fue mi guía durante todo el trayecto.

Al cabo de un par de horas bajamos en una estación de servicios a tomar algo. En cuanto descendí se acercó una muchacha española que me encaró casi de prepo…sin saludo…sin esperar a que me despertara del todo. Me dijo ‘te puedes cambiar de sitio? Voy atrás con mi novio y queremos ir adelante’. Mi ‘yo’ normal hubiese dicho que si al instante…pero en este caso no me gustó mucho la actitud de la jovencita. No digo que fingiera aprecio, pero un mejor tono hubiese ayudado. La miré, pensé y le dije ‘mmm…no, mejor no…vengo tan cómoda acá’. Media vuelta y se fue. Afortunadamente no creo en el mal de ojo, sino pensaría que me había ojeado…jejeje.

París nos esperó con un embotellamiento de aquellos producto de un accidente. Dejamos al resto de mis compañeros de viaje en el Metro y Sebastian me llevaba hacia mi hotel cuando fuimos interceptados por un policía en moto que lo acusaba de usar el celular mientras conducía. Y era verdad, le estaba avisando al mecánico que al vehículo se le malogró el aire acondicionado y, en la parada para tomar café, las puertas se cerraron y el abre puertas no funcionó, razón por la cual tuvo que abrir el baúl y meterse entre los asientos para llegar a la puerta delantera. Yo había sugerido que la pagara 2 Euros a un niño…para un hombre que medía alrededor de 1,80 iba a ser complicado…y así fue.

En fin, muchos minutos en los que el policía y un asistente le explicaron lo malo que era hablar y conducir, y que la próxima vez le quitarían el registro, y un montón de otras cosas. Para mis adentros pensé que de haber sido por estos pagos, seguramente unos $50 hubiesen hecho olvidar el incidente. Qué mal pensada!!!!

María, con hielo en el dedo para combatir la infección que traje escondida desde Brugge

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