Pocas cosas podría decir que están presente en todas las casas además de las escobas. Hasta ahora no conozco hogar que no posea una. Escoba o escobillón…pero siempre algo de eso hay. De palma, paja, plástico o con simples ramas secas en el campo, pero la mayoría coincide con la necesidad de tener alguna.

Sabemos que en caso de recibir visitas inesperadas, colocamos la escoba detrás de una puerta y el visitante siente repentinas ganas de marcharse.

¿Qué niño no se ha montado a una y no cabalgó alguna siesta?

¿Qué sería Cachavacha sin ella?

Al parecer mi planteo original tiene fallas. Muchos encargados de edificios que conozco ni las conocen. Sorprende verlos por las mañanas con la manguera en la mano, empujando hojas secas, colillas de cigarrillo, papeles que envuelven caramelos y demás objetos que se le han caído a algún transeúnte.

Con qué fascinación despliegan su estrategia para lograr que el chorro vaya justo justo empujando el objeto. Seguramente es más fácil con la escoba…pero quien les quita el placer de ver que sus manos logran transformar el líquido en sólido?

En vano intenté que uno al menos deje esa costumbre. Expliqué que el agua potable es un recurso agotable y que no se puede usar de esa manera…pero me di cuenta que no solo no logré que use la escoba, sino que todo el tiempo que hablamos la manguera seguía en la vereda tirando agua en el cordón. Y no hubo manera de entrar en razones. Una sonrisa de extranjero fue lo único que conseguí.

Tanta campaña para racionalizar el consumo y nunca le entraron de lleno al gremio? Me parece que dormimos ahí…

María, cuidando los recursos naturales…