Desde chica mi Tutu sintió fascinación por el fuego. Desde fuegos artificiales hasta velas de cumpleaños…pasando por la llama del calefón. Cuando alguien apagaba un fósforo, ella pedía el pedacito de madera para olerlo. Su vocabulario no es vasto, pero sabe que es la piromanía.

Hace unos días recibió una orden: por favor, prendé el horno, poné un chorrito de aceite en la fuente, sacá unas milanesas del freezer y cocinalas…cuando llegue comemos. Cuando su madre bajó del ascensor pudo ver el humo que salía por debajo de la puerta. Pequeño detalle: se olvidó de poner el aceite para que no se pegaran y olvidó controlar que no se quemen. La jovencita, en el cuarto contiguo a la cocina, nunca se enteró del “olor a quemado”. 2 pequeños olvidos que hicieron que se ganara alguna reprimenda. Para mi no era tan grave, pero bueh…

Ayer, aprovechando que estaba sola, practicó tu pasatiempo favorito: mirarse en el espejo mientras plancha su flequillo. Se advirtió un poco de crecimiento en el bozo. Buscó una cacerola que contenía cera y la puso a calentar. Cual Narciso volvió al espejo.

No sabemos cuanto tiempo pasó. Se asomó a la cocina y vió las llamas que salían de la cacerola y se elevaban hacia el techo. Atinó a hacer lo que cualquiera que no haya visto un capítulo de Mc Gyver: le arrojó una jarra de agua. Cual lava de algún volcán cercano, la cocina entera quedó salpicada de esa cosa pegajosa y las llamas empezaron a llegar a la mesada.

Acá viene la parte notable de la historia…el temple heredado de la tía. Tomó el portero eléctrico, presionó el botón para llamar al encargado y con la misma tranquilidad con que llama a cualquier compañera de colegio para pedir la tarea dijo: buenas tardes…usted tendría un matafuegos para prestarme un ratito? Del otro lado había mucho interés en saber para qué se necesitaba el elemento. Mi Tutu, calmada, contestó: es para apagar el fuego acá en la cocina. El encargado cortó y subió como si hubiese fuego en el edificio. Ah, cierto, había fuego.

Bueno, llegó y apagó el foco. Los azulejos, la cocina, el piso, la mesada y el techo son mudos testigos del descuido de mi Tutu. Algunos recordarán este incidente como la vez que mi Tutu casi prendió fuego a la cocina. Yo prefiero recordarlo como el día que mi Tutu demostró que nada le hace perder la tranquilidad. Esa es mi chica…qué grande!!!

María, reconociendo rasgos propios en su ahijada…

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