Dos hechos me inspiran este posteo. Habiendo pasado mi niñez y adolescencia en un pueblito del interior, mi conocimiento sobre la existencia de las hamburguesas llegó a mi el mismo día que conocí el autocine. Seguramente pudo haber sido una experiencia traumática para cualquiera…quizás lo fue para mi y lo quiero negar.

Todo empezó una calurosa noche de verano. Evidentemente la película era mala, sino, debería recordarla. Infame idea la de colgar esos parlantes de la ventana de los autos y hacernos creer que ese era el sonido de la película. Aclaración: si la imagen viene de esa pantalla gigante…mi instinto me dice que el sonido debe venir de ahí también. No se puede desdoblar el séptimo arte. Era preferible pensar que era una película muda y leer los subtítulos.

Sin aguardar a que termine la proyección, como para mejorar la noche, fuimos al local que funcionaba como expendio de comidas y bebidas. Si se imaginan unos chicos vestidos a rayos preguntando de qué sabor desean el pochoclo…olvídense. Nada de eso. Era un muchacho totalmente envuelto en sudor que con una espátula movía esos pedazos de carne sobre una plancha gigantezca y luego los metía adentro de un pan partido al medio. Tanta espera, tanta observación, podría decir que aprendí a cocinar eso que hasta el momento era un mito para mi. Estaba cruda…de eso jamás me voy a olvidar. En el interior carecemos de muchas cosas, pero con una sola mirada nos damos cuenta cuando la carne está cruda. No le debe salir sangre y el color no debe ser rojo. Es algo básico.

Queriendo ver si la historia se repetía, un día me animé a entrar a un Pumper Nic. La cobardía me dictaba “mobur”, “luna llena”, pero di un paso al frente y pedí un Super Nic, unas Frennys chicas y un Marlit de postre. En esa época se aplicaba eso de “el que sabe comer sabe esperar”. Todo se preparaba en el momento…y tardaban. Era mi época de observadora. Miraba como abrían el pan, daban vueltas las hamburguesas, cortaban el tomate, la lechuga y armaban esa delicia envuelta en papel de seda. Para mi era como ver despegar el Apolo.

Y un tiempo después aparece la cadena que promete que no hay que esperar por nada. Te saludan, escuchan tu pedido, lo registran, toman los paquetes que están en unas bandejas con inclinación hacia adelante, te despachan y te vas. No entendí la “mejora” introducida…yo nunca había pedido “no esperar”…pero bueh…me fui acostumbrando.

Al parecer, eso de tener listo todo el tiempo toda la variedad de productos no era negocio. Para corregir esos desvíos, los precios aumentaron, las porciones disminuyeron y volvió el tiempo de espera. O sea, volvió mi tiempo para la observación.

Confieso que he pasado muuuuchos minutos intentando adivinar qué significan esas pequeñas “chapitas” numeradas que colocan entre la fila de productos del dispenser. Las colocan desde atrás, cuando deslizan el pedido, quedan un rato, el que retira el producto para despachar las quita y las arroja a una especie de “tacho” donde caen los números que vuelven a incorporarse en la bandeja. Y todo carece de lógica para mi. He incurrido en la mentira de no saber qué pedir para poder quedarme cerca del mostrador mirando. Y nunca enganché la lógica. En Brasil, simulando no entender el idioma, sólo pedía Guaraná, me colocaba cerca del mostrador y miraba. Mismo ritual. Nunca entendí la lógica.

Me he animado a muchas cosas en la vida, pero todavía me falta “esto” de coraje para llamar al que aparece en la foto del local y preguntarle. Ojo, no se sorprendan si un día de estos averiguo todo y se los cuento, eh? Se que no soy la única con esa duda existencial.

No quiero hacerme eco de ninguna cadena de e-mails…pero…no les parece que estos locales han “empequeñecido” en demasía los menúes? Como si hubiesen sido afectados por una dosis masiva de chiquitolina…no se…

María, viendo las chapitas con números carentes de significado…

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