Afortunadamente no trabajo en un cuartel de bomberos ni tengo que salir corriendo cuando pasa algo. Tengo la ventaja de elegir mi reacción ante lo que alguien puede definir como urgente.

Durante la madrugada se había detectado un problema que impedía realizar una tarea. Lo reportaron con cara de tiene que estar resuelto para ayer.

Estoy convencida que resolver un problema no lleva ni un minuto más que entenderlo. Lo había entendido…ya lo tenía que resolver…pero necesitaba crear el ámbito propicio. La adrenalina tenía que ser contrarrestada por las endorfinas. Llamé con una seña a Leíto, mi compañero de aventuras, y nos aventuramos en la solución.

Se acercó a mi escritorio dispuesto a empezar a trabajar. Dejé mi mirada perdida en ese punto fijo que tantas veces miro buscando inspiración. Seria miré a Leo y, en vez de decir que había encontrado una solución dije “viste que no todos los tartamudos hablan igual?”. Incrédulo, mi compañero se tentó, cerró la notebook y me ayudó en mi razonamiento.

Conocemos los que se traban en cualquier lugar de la palabra…acompañando ese freno con insistentes parpadeos y muecas. Otros sólo encuentran el tope en el inicio de algunas palabras y los párpados le niegan el movimiento. En ambos casos, me asalta la idea de querer ayudarlos a terminar la frase/palabra…pero por el contrario, lo que hago es mirar para otro lado como relativizando el final de la idea…como si no fuera importante que la terminara…quizás intentando quitarle presión al hecho.

Mi personaje favorito de Poliladron: el Tarta.

Admiro a la gente que se anima a hacerle un chiste al portador de la característica…yo no puedo…simplemente me limité a esos razonamientos…sin citar a nadie.

Una vez mi Tutu me preguntó: preferís ser muda o tartamuda? No supe qué contestar. Calculo que tartamuda…pero no lo se.

Tanta distracción dejó mi mente en el estado indicado para resolver el problema…y lo resolvimos.

El finde lo comenté…hubo coincidencia y algunos aportes.

Como todos sabemos, cuando escupimos para arriba, lo que sea que hayamos arrojado nos cae en la cara…y así fue.

El Viernes fui la última persona en abandonar el edificio donde trabajo. No quedaba ni el señor de vigilancia. Casi me animaría a decir que nadie sabía que aún me encontraba en el piso.

Llamé al ascensor…seleccioné PB…la puerta se cerró y la vida se vengó. El ascensor fue presa de un ataque severo de tartamudez y empezó a decir “tercer piso…tercer piso…tercer piso…”. Temblaba y repetía la misma frase. Una luz titilaba y repetía una y otra vez la ubicación. No se cuando tiempo pasó…mi mente se inundó de ideas: a quien le aviso? Mi celular seguro no tiene señal? Nadie sabe que estoy acá? Me moriré de asfixia o de miedo? Qué tengo que apretar para indicar la emergencia? Por qué me quedé hasta tan tarde?.

Después de un tiempo dejó de decir “tercer piso”…siguió temblando y bajó. Casi hago la del Papa y beso el suelo. Reporté el problema esperando que se solucione y me propongo usar las escaleras al menos por unos días.

María, ya sin ganas de teorizar sobre esos temas…

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