El mejor amigo del hombre Sábado, May 17 2008 

Suelo ser una muchacha respetuosa de algunas tradiciones. Venía de desayunar en una estación de servicios, almorzar en esos lugares donde tomás la bandeja, seguís una especie de riel donde van cargando los platos, encontrás una silla vacía, te sentás y comés. Muy parecido a un trámite. Me sentía en la cafetería de una universidad de series norteamericanas.

La merienda consistió en comer en el auto lo que tenía en el morral: caramelos Mogul, un alfajor El rosario relleno de mermelada de peras y un jugo Baggio.

En el cruce de la ruta 41 vi tractores con las banderas argentinas. Recordé que es el sitio emblemático para ilustrar la protesta del campo. Y me empezó a “picar el bagre”. De fondo se veía humo…y me vinieron ganas de asado. No me refiero a un asado en el tenedor libre de la vuelta de casa ni de una parrilla de moda…quería asado del que se come en el patio de la casa de alguien…el asado tradicional.

Elegimos un restaurante de ruta…con poca gente…sin mucha alternativa en el menú.

“Buenas noches…queremos asado bien cocido”.

Mi tipo de conversación favorita…nada de mucha charla ni preguntas de dudosa respuesta: fumador/no fumador? Cerca de la ventana? Esperan a más personas o pueden ordenar ahora? A mi me piden la bebida…después viene el mozo con la carta. Y un montón de etcéteras…

La bebida…un clásico…soda con una especie de compotera con hielo.

No recuerdo por donde iba la charla…se que me estaba riendo…pero no recuerdo el motivo. Se sintió un ruido como “a latas” y un grito…no de dolor…una especie de insulto compuesto por un par de “malas palabras” en masculino. Se abre una puerta al lado del mostrador y sale corriendo un perro lomo marrón, algo flaco, con unos mechones de pelo faltante y una tira de asado en la boca.

La huella que dejaba la carne en el piso fue seguida por el cocinero/dueño de restaurante/mozo que nos había atendido.

Juro que no quise burlarme…ni fue por los nervios…me reí con ganas porque la situación me pareció graciosa. El perro corriendo por el salón con lo que sería la comida me pareció una situación hilarante. Metí un par de cubitos en la boca…como pude pregunté cuanto era y nos fuimos.

No era el día para el asado…terminé comiendo un plato de polenta saborizada en casa, riéndome cada vez que recuerdo la escena…

María, tentada nuevamente…

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De ilusiones también se vive Domingo, May 11 2008 

En la época y el lugar donde no existían guarderías ni salitas ni nada de eso, el inicio de la actividad escolar se producía a los 5 años, concurriendo al famoso “Jardín”.

Casi llegaba mi momento, tenía 4 años…faltaba poco para que terminen las clases…había que decidir el rumbo de “la nena”. Se decidieron por el turno mañana. Acompañé a mi padre a completar el formulario. Nos hicieron esperar en una sala porque había otras personas por el mismo trámite. Igual que hoy, no me gustaba esperar…sentía que perdía el tiempo y me aburría. Miré para todos lados y vi montones de libros. Me acerqué a los que llegaba por mi tamaño, tomé el de botánica que me era familiar y empecé a leerlo. Mi planta favorita, el junquillo, aparecía en las primeras páginas. Creo que en el fondo deseaba que no nos atendieran enseguida…quería seguir leyendo.

Cuando nos tocó el turno, alguna maestra reparó en un detalle: venían a anotar para jardín a una nena que está leyendo frases largas. Mi padre explicó que leía y escribía y también sumaba y restaba. Todo eso por no tener niñera…no me quedaba otra que estar cerca de gente grande que, para entretenerme, en vez de jugar, me enseñaban esas cosas.

Directamente me anotaron en primer grado. Me perdí las clases de palotes, colores, crayones, dibujos y bolsita. De una al guardapolvo blanco y portafolios.

Igualmente, primer grado mezclaba mucho de aprender y jugar. Las tareas solían consistir en dibujar y escribir el nombre de la obra o algo así.

Una tarde de sol, mientras pintaba un techo de rojo, miré el resto de los colores y entré en duda…será ese color el rojo? Por mi falta de entrenamiento, no estaré confundiendo los colores? No estaré pintando los camalotes del color que debía ir el ceibo? No tenía manera de comprobar mi error o acierto. Miré varias veces el cuadro del pintor local, el señor Longa, y vi que mi irupé tenía el mismo tono que el mío…entonces…ese debía ser el verde.

Cuando crecí, al momento de marcar con rojo el sujeto y azul el predicado, me asaltaba la misma duda. Será que todos vemos iguales los colores? No será que lo que yo creo que es verde para otro es amarillo y nunca me daré cuenta?

Con el tiempo todo se aclaró…o no. Lo que vemos es una simple interpretación de nuestro cerebro. Estará en nosotros determinar la manera de interpretar lo que nos rodea? Será así que un día podemos ver gris lo que ayer era rosa? O será que algunas personas vemos rosa y otros ven gris?

Encontré la foto que les paso más abajo. Dicen que algunos ven girar la silueta en el sentido de las agujas del reloj y otros en el inverso. Aparentemente los primeros son creativos y analíticos los segundos. Es por la parte del cerebro que están usando. Para mi, un rato gira para un lado y después cambia. O es mi cerebro el que produce esa ilusión?

María, viendo que el funcionamiento del cerebro es más complicado que la cuarta temporada de Lost.

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