Cuando aprendemos a leer y no hay libros a mano, solemos practicar hasta con la etiqueta de la lata de arvejas. Todo sirve cuando tenemos ganas de demostrar que somos capaces de repetir el sonido de cada letra hasta formar una palabra. En lo personal, sentí que el universo ya no podría mantener muchos secretos para mí…de alguna forma, todo iba a ser descifrable. Error garrafal si los hay…pero el afán por la lectura continuó.

En el consultorio de un médico, esperando que atendieran a mi madre, tomé el resultado de los análisis y los empecé a leer. Todas palabras difíciles. Hasta que llegué a 2 que se repetían bastante: sui géneris. (Todo esto antes de saber que existían Charly y Nito). Pregunté y mi padre me contestó que, de alguna manera, esas dos palabras indicaban que lo que se observaba era característico o propio de lo que se esperaba.

Así aprendí que la nafta tiene olor a nafta y la naranja olor a naranja.

Los que han viajado por las rutas de la mesopotamia deben recordar el olor “sui géneris” que despiden las glándulas anales del Yaguá né o zorrino. Inconfundible aroma fétido capaz de despertar hasta a la Bella Durmiente del cuento.

Para algunos, ese suele estar al tope de la lista de olores desagradables.

Por un momento, esta tarde, estuve a punto de alterar el top five: subí a un taxi manejado por un señor que, en vez de aureola cual santo, portaba un olor importante. Era una mezcla rara de zorrino con las glándulas hiperactivas más algún pescado podrido de la época de la crisis de la merluza en el año 1999. Al parecer el señor no se quería despojar de nada…tenía una bufanda gris dándole 2 vueltas al cuello y arriba un pullover al tono. De haber podido hacer las pruebas con Carbono-14, seguramente la última vez que el agua pasó por esas prendas, en Buenos Aires todavía se manejaba por la izquierda…y por Florida. (Iba a decir que seguramente la calle Corrientes era angosta…pero me acordé que volvió a ser angosta).

Pensé que iba a poder con la situación. Bajé unos centímetros el vidrio de la ventanilla. Siguiendo las instrucciones del tango, apoyé “la ñata contra el vidrio” e intenté respirar por esa hendija. Al no haber otra entrada de aire…corriente no se formaba…no tenía manera de renovar el ambiente durante esta vida. Mientras le decía la dirección y le indicaba por donde ir, abrí la ventanilla casi por completo. Supuse que me iban a poner una multa por eso de “prohibido sacar brazos fuera del vehículo para algo que no sea hacer señas de manejo”. Señas, lo que se dice señas, no estaba haciendo…sólo abría las fosas nasales en toda su extensión intentando desalojar de mis pulmones aquel hedor que me había invadido. A la cuadra y media, el estómago empezó a demostrar que tiene narices propias y no estaba cómodo. Saqué el celular del bolsillo…le apreté unos botones para que pareciera que era una emergencia y anuncié…me parece que me voy a tener que bajar…me están avisando que me olvidé de algo en la oficina…tengo que volver. El viaje $2.86. Encontré $5 y se los pasé mientras abría la puerta para “leer mejor el mensaje”. Estaba a punto de donar el vuelto para jabón…pero encontró algo y me dio. No me importó que fuera falso o de otra denominación. El tema era salir.

Me quedé en la esquina sin saber adonde ir. No estaba perdida…mas si aturdida. La pituitaria amarilla ya casi cambiaba de color. Saqué el frasco de alcohol y lo aspiré con fuerza como quien se prende al tubo de oxígeno en el tren de las nubes.

Estaba mareada…desandé el camino y subí a otro vehículo de alquiler. Saludé, di la dirección y sorprendí al conductor con una felicitación: qué lindo olor.

María, creo que en toda la ropa quedó impregnada…
P/D. Se comenta que a ese buen señor, el Rexona lo abandonó al nacer…
P/D2. No pude tomar nota del número de licencia para reportarlo como desecho tóxico…se me nubló la vista…

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