Una de las primeras veces que vi tele, en blanco y negro por supuesto, fue en algún restaurante de la ruta en el que paramos a descansar durante un viaje de vacaciones. Estaban pasando la serie Magnum. Lo supe mucho tiempo después…en ese momento sólo me fascinó la idea de ese aparato que mostrara imágenes.

Y como si eso fuese poco, el protagonista, con sus bermudas ceñidas a la cintura o más alto, recibía una llamada telefónica…y la atendía…EN EL AUTO!!!!! Eso mientras los únicos teléfono de la cuadra donde yo vivía eran el del correo y el del negocio del señor Cavaglia…y funcionaban hasta que la siguiente lluvia malogre las líneas.

Jamás se me ocurrió pensar que eso que se veía podía ser de verdad…no me refiero al caso que se investigaba, sino a las posibilidades tecnológicas. No es sólo otro país…eso tambiés es el futuro – decía para mis adentros.

Después una se va del pueblo y se olvida de algunas cosas. Solía contar mi padre que una gurisa, hija de un guardahilo, se fue para Buenos Aires a visitar a unos parientes por un mes. Cuando volvió, se le había pegado la “sh” en cada palabra donde antes pronunciaba la “ll”, y se había olvidado de las cosas cotidianas. Dice que se asomó al patio y preguntó “qué es aquesho?”. El padre le contestó que aquello era el horno donde la mamá preparaba el pan cada día. La muchacha contó que en Buenos Aires, una va a la panadería y se lleva lo que quiera, sin tener que amasar ni cocinar. Siguió caminando por el patio como si fuese un paisaje recién estrenado. Relámpago, trueno…y empezaron a caer gotas. Con seguridad entró a la casa y dijo “está shoviendo”. El resto de la familia pensaba que le había pasado algo raro, en el fondo nadie quería pensar que era simplemente que se olvidó de sus orígenes. Al día siguiente siguió caminando, mirando, preguntando…cuando vió a su hermano mayor trabajando la tierra. Se acercó. No a ofrecer su ayuda, sino a preguntar “que es ésto?”. El muchacho, encandilado por el sol, no vió bien lo que señalaba y le preguntó a qué se refería. La joven se acercó con fastidio, pisó los dientes de hierro que habían quedado hacia arriba, el palo que lo sostenía se levantó, le pegó en la cabeza y la cordura le regresó en el momento que exclamaba “rastrillo de porquería”. Y pronunció bien la “ll”, eh? Ya no fue “rastrisho”, fue rastrillo.

Algunos modismos se me han ido, he adquirido otros, pero todavía entiendo cuando alguien me dice que los gurises están jugando con la pandorga o que Agustina encontró una taca o que Magalí quiere que la abuela le haga pororó.

Ha pasado mucho tiempo…hoy tengo un teléfono en el bolsillo, del tamaño de una caja de fósforo. De hecho dicen las encuestas que 1 de cada 2 habitantes del mundo tiene un teléfono celular.

Igualmente, intento conservar cada fragmento de aquella infancia en forma de recuerdo, para que me provoque una sonrisa cada vez que se me aparecen.

La vida ayuda a que no se me olvide nada. Desde hace unos días, la poca presión del gas natural que llega a mi casa no permite que el calefón se encienda…por lo que recurro a aquellas cacerolas de agua caliente llenando un fuentón para darnos un merecido baño cada noche.

Y si, ya sea por simple ejercicio de la memoria o por la falta de previsión, me vuelve el recuerdo de “preparar el baño”.

María, volviendo atrás el reloj…
P/D. Tengo el farol a mano…en cualquier momento lo tendremos que usar…

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