Después de haber madrugado para aprovechar al máximo hasta el último día, partí para el aeropuerto.

LAN nos tiene acostumbrados a viajes más bien “rutinarios” por llamarlos de alguna manera: llegan a horario, salen en horario…todo fríamente calculado.

Luego del despegue nos ofrecieron las cajitas esas de Havanna que contienen 3 (tres) galletitas de queso, una gemelita de limón y un mini alfajor de chocolate. Tomé un vaso de gaseosa e intenté seguir durmiendo.

En un momento, calculando que faltaría media hora para llegar, se siente que abren el micrófono…como cuando el capitán dice cuanto falta y la temperatura del lugar de arribo.

Esta vez fue diferente, fue la voz de la azafata preguntando “hay algún médico en la cabina?”. Las muchas escenas de películas en las que escuché eso, no eran films románticos o comedias…más bien eran la antesala de algo peor.

Recuerdo que mamá quería que estudiara madicina…bah…en realidad mamá y todas las tías pretendían que sus hijos eligieran la carrera. La única que obtuvo lo que pidió fue la tía Susana, mi primo Alberto y su hijo “Yuyo”, forman parte de la fila de gente de bata blanca abierta, con estetoscopio al cuello y casa repleta de muestras de medicamentos.

Como presos todos del complejo de periscopio, en dos movimientos (tac-tac), estábamos con la cabeza arriba del asiento, mirando alrededor. Casi todos portábamos la misma mirada…como con culpa…diciendo algo así como “médico? no, yo soy analista de sistemas”. Además, digo ahora ya abajo del avión, para qué mirarnos entre nosotros? Buscábamos reconocer a uno que no se quería identificar? Varios llamados y nadie levantaba la mano. Creo que después de haber hecho un curso de primeros auxilios y visto TODAS las temporadas de E.R. y Chicago Hope, si la emergencia continuaba, cualquiera de nosotros podría aportar algo. Tenía el botiquín en la mochila…y quienes me conocen saben que tengo DE TODO: ibuprofeno, paracetamol, aspirinas, aerotina, tranquinal, pastillas de carbón, alikal, refrianex y alcohol en gel. Nadie me puede acusar de estar desprevenida.

En un momento, en la mitad del avión, alguien se despertó de golpe. Se incorporó en realidad…lo de despertarse es una suposición…la cara no se había enterado que estaba despierto. Los cachetes marcados por haber venido sobre alguna costura, despeinado, ojos chiquitos como después de una resaca. No creo que esas fueran “las mejores manos”. En fin, fue hacia el fondo, corrieron la cortina y volvieron a proyectar las cámaras ocultas canadienses: la de la chica que le deja el perrito para que se lo cuiden, rodean al inocente con mapas preguntándoles por calles, viene alguien y le cambia el lindo perrito por un zorrino; la de la señora que está tomando un vaso de jugo y ve que en la jarra hay una rana; del señor que va al cajero y en vez de dinero le aparece una foto de él mismo unos segundos atrás y otros.

Luego el descenso…al costado de la manga enfermera y médicos de verdad, con un tubo de oxígeno y una silla de ruedas.

Nunca supe qué pasó…pero fue de verdad. Si quieren más datos, pregunten al Negro Alvarez que venía en el mismo vuelo.

María, ya en la ciudad…

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