Creo ya estar a una altura de la vida en la que soy capaz de aceptar las decisiones de los demás. Difícil muchas veces…fáciles las menos.

Recuerdo una mañana de Enero de 1994. Entré a la casa a ver a mi Tutu en su primer mes. Del otro lado de la puerta se escuchaban unos llantos raros. Entré y vi una especie de pompón mezcla con oveja que se retorcía jugando con su propio pelo. Sin cola. Un ojo marrón y el otro azulado. Más que azul diría celeste o transparente.

Tuvo muchos juguetes…pero sus preferidos fueron las patas de los muebles y las zapatillas. Desde muy temprano supo su nombre: Indira…pero no importaba…desobedecía por igual a quienes la llamaran por nombre, apellido o silbido.

Cada primavera pasaba por la peluquería y de pastor inglés pasaba a ser dálmata. Sin pelos era flaquita.

Ladraba al vecindario que era un contento. Se quejaban porque en ausencia de los dueños de casa solía expresar su soledad con ladridos casi constantes que podía mantener por muchas horas. Le envidiaban la gartanta algunos.

Entre que unos pelos le tapaban parte de la cara, parece que el ojo transparente no servía para ver, era sólo presumir, y lo torpe que era, no dejó árbol ni poste de alumbrado público sin atropellar cuando salía a pasear cada tarde.

Odiaba las motos casi como Mafalta la sopa o Bush a los comunistas.

Tomaba agua en su pote y parecía que jugaba al carnaval…salpicaba el piso recién encerado sin ninguna culpa.

Hace unos años me enseñó a tomar coraje: se lastimó y alguien tenía que curarla. Jeringa en mano hice lo que se tenía que hacer. De reojo creo que me lo agradeció.

Cuando iba a la casa me saludaba saltándome como si fuera una niña todavía…y ya no lo era. En años de perros había superado los 90. Podríamos decir que es ya casi una anciana.

Anciana, revoltosa y maleducada…pero amiga al fin. No vamos a decir que era guardiana…tampoco era esa su función dentro de la casa. Le pasaban por al lado sin interrumpir la profundidad de su sueño.

Hace un tiempo se venía cansando. Achaques de vieja dirían. Simple cansancio diría yo. El finde la llevaron a conocer el mar. Dicen que le gustó. Y hoy creo que sintió que, a menos que puedan llevarla a Disney, mucho más por conocer no le quedaba.
Pidió un poco de ayuda para poder descansar. Me gustaría despedirme, pero no me animaría a explicarle que a veces se deben hacer cosas impensadas para demostrar que no hay egoísmo en en afecto y que en estos casos, dejar partir, es una manera de querer.

Supongo que será complicado para mi Tutu entender estas cosas. Crecieron juntas. Seguramente la vida le dará razones alguna vez y la hará grande. Hoy sólo tiene tristeza.

No se cual era su tema favorito, ni siquiera sé si le gustaba la música. Igualmente quiero honrarla con una de las canciones que más me gustan. Ella me va a entender.

María, despidiendo a “la Indi”…

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Callejero – (Alberto Cortez) – Por Attaque 77

Era callejero por derecho propio,
su filosofía de la libertad
fue ganar la suya sin atar a otros
y sobre los otros no pasar jamás.

Aunque fue de todos nunca tuvo un dueño
que condicionara su razón de ser,
libre como el viento era nuestro perro,
nuestro y de la calle que lo vio nacer.

Era un callejero con el sol a cuestas,
fiel a su destino y a su parecer,
sin tener horario para hacer la siesta
y rendirle cuentas al amanecer.

Era nuestro perro y era la ternura
que nos hace falta cada día más,
era una metáfora de la aventura
que en el diccionario no se puede hallar.

Era nuestro perro porque lo que amamos
lo consideramos nuestra propiedad
y era de los niños y del viejo Pablo
a quien rescataba de su soledad.

Era un callejero y era el personaje
de la puerta abierta en cualquier hogar,
era en nuestro barrio como del paisaje,
el sereno, el cura y todos los demás.

Era el callejero de las cosas bellas
y se fue con ellas cuando se marchó,
se bebió de golpe todas las estrellas,
se quedó dormido y ya no despertó.

Nos dejó el espacio como testamento,
lleno de nostalgia, lleno de emoción,
vaga su recuerdo por mis sentimientos
para derramarlos en esta canción.

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