Y el estómago tampoco siente nada. Alguna persona inteligente inventó la pared que separa la cocina del resto del restaurante…aunque esté permitido visitarla.

Hace unos años, en un viaje al desierto, pude ver el lugar donde preparaban la vianda que luego servirían a modo de almuerzo. Se me cerró el estómago…pero vi como degustaban el manjar quienes no habían bajado estirar las piernas.

Una noche, en una plaza de pueblo, fui invitaba a probar arroz con leche…mi postre favorito. Lo preparaban en una especie de balde que no pasaba las normas mínimas de salubridad. Con una mentira blanca escapé del compromiso.

Hace un rato, fiel al programa de Narda, y amante de las repeticiones como soy, disfruté nuevamente de “Narda en Brasil”. Esta vez vimos todo lo que tiene que ver con el cacao.

Primero, los cosechadores arrancaban de los árboles los frutos. Uno los partían a machete y otro extraía las semillas y las dejaba en un canasto. El contenido de eso y otros canastos iba a pasar a una especie de terraza al aire libre para que el sol y su calor hicieran lo suyo. Luego, un muchacho se metía en esa superficie plana, caminaba entre las semillas y las movía con una especie de lampazo como el que usamos en casa con el trapo de piso.

Pasado los días, siempre a la intemperie, esas semillas, al ser pisadas, iban desprendiendo la cáscara de la semilla. La cáscara sería lo que solemos tomar en invierno y llamamos cascarilla. Con el interior molido, agregando azúcar, obtenemos lo que normalmente agregamos a la leche para preparar nuestra leche chocolatada.

No vi guantes de látex ni barbijos en todo el proceso. Tampoco agua para lavar la fruta o los pies del “pisador”. Y sin embargo Narda se comió una generosa porción del chocolate por ellos fabricados.

Digo, para qué enjuagar tanto las tazas para servirnos el desayuno, no? El envasado de yerba mate, té o café, no creo que difieran mucho de eso.

En fin, como dije al principio: ojos que no ven…

María, preparando minestrón, lavando la verdura, enjuagando la cacerola…para qué?