Cuando se es niño y se vive en un lugar tranquilo…muy tranquilo…lo que mejor sabemos hacer es esperar. Esperamos que baje el sol para salir a la calle. Esperamos que se terminen las clases. Esperamos que el año termine para tener el festival de la sandía. Esperamos el carnaval para tener corsos en el centro.

Lejos de aquel ritmo, este Viernes, una compañera de trabajo comentó como al pasar que el Lunes era feriado en Uruguay. Ni nos imaginamos el motivo…aunque para mis adentros deseé que eso también pasará acá…un finde largo hace feliz a cualquiera.

Luego me dí cuenta que había llegado aquella época del año que tanto esperaba de niña. Agua en abundancia durante el día y corso por la noche.

Todo estaba permitido en esos días…se podía arrojar un globo de agua al intendente, un balde a la rectora del colegio, meter al río hasta al cura. Nadie se podía quejar. La siesta era el momento indicado para la batalla. Involuntariamente nuestros padres proveían del contenedor de bombitas (o chupitas) llenas de agua. Se trabajaba en equipo, uno iba abriendo el paquete y sacando los pequeños globitos de a uno, se los pasaba al que tenía los dedos más fuertes, los enganchaba el pico de la canilla, otro abría y cerraba el grifo asegurando casi el mismo tamaño en todas (no muy chiquitas porque esas no revientan y duelen), los más duchos le hacían un nudo y al balde para que se mantengan.

Debo confesar que viviendo en un edificio de 2 (dos) pisos, los amigos de mis hermanas y los míos éramos privilegiados en cuando a transeúntes se tratara: los relojeábamos desde el balcón y eran presa fácil cuando se acercaban.

Los más grandes podían hacer otro tipo de maniobras: tomaban prestado algún camión, o camioneta con cúpula, los cargaban con tachos llenos de municiones y salían a dar vueltas por la Avenida Bartolomé Mitre hasta encontrarse con otra banda similiar viniendo por la 25 de Mayo. Se medían las distancias y más vale escaparse por una transversal cuando se producía el encuentro. Terminadas las bombitas se tiraban con baldes y, de ser muy agerridos, se arrojaban hasta con la rueda de auxilio. Terminado el momento, otra vez a cargar las bomba y los baldes. Los más chicos solíamos tener la tarea de inflar mientras los más grandes arrojábamos.

Si hubo asado en la casa de amigos, cuando se empezaba a apagar el fuego, como quien no quería la cosa, se salpicaba a uno, éste retrucaba con un cubito de hielo o los restos de algún vaso, que llevaba a otro a tomar el sifón de soda, que daba tiempo a otro a cargar un balde, mientras otro encontraba una manguera. Y ahí terminábamos todos empapados, felices, relajados.

A la noche las comparsas bailaban en el centro, luego el baile en el club y final de fiesta. El primer Miércoles, Miércoles de ceniza, era como de “duelo”…ya sabíamos que esa época de liberación se había terminado y había que esperar al año siguiente.

Un año la pasamos en La Rioja. Sin conocer las costumbres, la primer siesta nos dedicamos a esperar. No vimos charcos de agua, ni gente con bombitas, por lo que asumimos que en la zona no se festejaba. Para nuestra sorpresa, de la nada, aparecieron unos changos con un paquete de harina que nos descargaron encima y salieron corriendo. Al parecer el festejo por esa zona es del tipo seco. Nos divertimos igual, aunque tardamos en conseguir un negocio abierto para comprar harina de cualquier tipo.

Ya de grande se me ha dado por viajar y ver otros carnavales. El de Río de Janeiro me pareció imponente. Todavía recuerdo a Mocidade Independente de Padre Miguel aquel verano del ’96…”CRIADOR E CRIATURA” era el título del enredo. Otro año…creo que fue ’90 ó ’91 detrás de un camión de cerveza cantando al son de Daniela Mercury la inolvidable y pegadiza “Canta da Cidade”.

Diversidad de resultados se encuentran cuando se busca el origen del festejo. Hay quienes dicen que tiene “algo” de una fiesta pagana de invierno, de las celebraciones griegas o de las fiestas romanas. Otros dicen que es el momento de decir que la “carne vale”…justo antes de empezar la Cuaresma, época del año en que la Iglesia Cristiana se abstiene de comer carne todos los Viernes. (40 días antes de la semana santa).

Independientemete de toda explicación, en casi todo el mundo se la festeja con ceremonias que tienen que ver con la diversión. Barranquillaen Colombia, Venecia en Italia, Nueva Orleans en Estados Unidos, Trinidad y Aruba en el Caribe, Cadiz y otros ciudades en España, Las Tablas en Panamá, Arequipa y Cajamarca en el Perú, algunas ciudades de Alemania y Holanda,  El Callao y Maturín en Venezuela, Montevideo en Uruguay. Éste último es el más largo del mundo…dura todo Enero y Febrero. Tengo una “enviada” a Montevideo esta semana…lo va a vivir bien de adentro…calculo que me dará detalles en la semana…sino…voy a tener que ir personalmente la semana que viene o la otra. 😉

En nuestro norte, por la influencia de Bolivia, se lleva a cabo lo que se llama “Diablada”, una fiesta multicolor, mezclando la cultura andina, lo hispano y lo católico.

En el litoral, tanto en Corrienes como en Entre Ríos, la tradición es el desfile de comparsas, con una influencia notable de Río de Janeiro…majestuosos trajes, enormes carrozas, mucha pluma y lentejuela. De Corrientes recuerdo Ará Berá y Copacabana, eternas rivales. De Esquina Yasí Berá y Carú Curá, contrincantes hasta el día de hoy. En Gualeguaychú Marí Marí, Papalitos, Kamar y Ará Yeví se disputan el liderazgo.

Y en el corso de la cortada de Caballito nos podemos encontrar mañana a eso de las 20.00 para llegarnos de papel picado, hacer una batalla con nieve en pomo, aplaudir a los Acalambrados de las Patas, Atrevidos por Costumbre, Los Caprichosos de Liniers, Los Colosos del Delirio, Los Cometas de Boedo, Los Elegantes de Palermo (acá creo que baila mi cumpa), Los Papirusos de Almagro, Matadores de Tristeza y los infaltables Chirozoff, agrupación a la que amenaza incorporarse cada año mi amigo el Pucho.

Si no tiene planes, vaya bañándose, siga el olor a choripán al paso y ruido a redoblantes. No la va a pasar mal, se lo aseguro.

María, si te digo que es carnaval…apretá el pomo…jejeje

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