Y no me estoy refiriendo a la novela que protagonizara Natalia Oreiro con mi actor favorito Daniel Kuzniecka. (De paso…Victoria…el autógrafo nunca apareció…puedo inferir que NUNCA existió e inventaste la historia para caerme mejor?).

Evidentemente no sólo yo tengo resquemores con esa palabra. De hecho, perdí la cuenta de los chistes que he escuchado al respecto:
– Está el del señor de piel negra que está sediendo en el desierto. Se le aparece un genio que le pregunta qué desea. Ante la respuesta de “ser blanco y tener mucha agua”, de un movimiento de varita lo convirtió en bidet.
– O el otro joven que tenía un bracito poco desarrollado y le expresó al genio su deseo de tener las 2 (dos) extremidades iguales y el genio le dejó los 2 (dos) brazos cortos.
– O el de la señora que pide que su rancho se transforme en castillo, que las plantas en oro y que su gato en un hermoso príncipe. Concecido todo, tarde, se acuerda que había hecho castrar al gato.

Seguiría…pero no es la idea. Ah, alguien encontró “graciosa” mi manera de enumerar las cosas. 😉

Me refiero a la cantidad de veces que hemos mirado al cielo, o cerrado los ojos y apretado los dientes y poblamos casi todo nuestro ser con un pedido…casi un mantra. De las veces que suplicamos a la vida por algo. De las veces que prometemos lo que sea como pago por el deseo cumplido.

La vida, sabia desde la concepción, nos concede sólo los que sabe que nos harán bien, desestimando por absurdos los demás. Cuando alguien me dice como regalo de cumpleaños “que se te cumplan todos los deseos”…para mis adentros ruego que no…me imagino en grandes problemas si se me llegan a hacer realidad un par a la vez. Entre nos, deberían tener fecha de vencimiento esos pedidos…o poder decir “este deseo reemplaza al del año pasado” o algo así…como para evitar desatinos digo.

Cuando era chica, en general, los Reyes Magos, Papá Noel y el niñito Dios, me traían lo que yo pedía. Cuando fui creciendo me traían lo que necesitaba. Ya de grande, mientras mi Tutu era quien escribía las cartas todo venía a pedir de boca. Todavía recuerdo aquella última lista enviada en el año 2000: decía “Para la tía María, la película de Anteojito de Antifaz”. Y me trajo la peli nomás. Qué panzada nos pegamos, no Tutu? La mirábamos y pintábamos el librito. Después de verla varias veces, se aprendió la canción y me cantaba “tía, tía, tía, yo quisiera ser como vos…tan grande y tan bondadosa como en el mundo no hay doooos”. Qué épocas!!!

Y acá viene la “queja”: con qué derecho se reciben 2 (dos) propuestas similares, mutuamente excluyentes? Qué parte mía debe elegir? En principio, elijo sentirme bien y relajada. Cuento con una ventaja: alguien me susurró al oído “aprovechá”. Lo estoy pensando todavía. Estoy viendo la línea interminable de humo que deja el sahumerio, siento como su olor se mezcla con la esencia de limón del horno, apenas percibo la penumbra de la sala alumbrada con la velas, saboreo un té de frutas rojas y dulce de leche, de fondo Djavan…ya está…deseo cumplido…alguna vez he deseado sentir esta calma…lástima que mi mente no está del todo acá.

Ahora bien, mi parte está terminada…era fácil…vamos a ver si vos podés decir lo mismo. Hasta donde habíamos llegado? El Quijote, Borges, campera de cuero, botas rojas, una peluca, seguí…

María, deseando que llegue el día de mañana, deseando que sea la tarde, deseando tomar la mejor decisión, deseando hacer lo correcto…

P/D. Te dije “gracias”? Perdón, no tengo modales…

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