A los miedos habituales que ya sabía que tenía (dormir en cama marinera, hospitales, lugares oscuros desconocidos, etc.) debo sumarlo otro que se manifestó por primera vez esta semana: miedo a mi vecina…la señora hipoacúsica que vive en el mismo piso.

Desde hace unos días le vengo notando una expresión rara. Ya sé, viniendo de la señora conocida como “la loca” en todo el vecindario, decir que la expresión era rara es algo bastante corriente, pero de verdad, se comportaba más extraña que no habitual.

Me la crucé en la entrada del edificio. No se muy bien qué me dijo…en realidad no le entiendo nunca nada de lo que dice…aunque hago el intento. Subimos al ascensor. Antes de presionar el número “2” se dió vuelta, se le desorbitaron los ojos y me dijo “pensé que vivía con personas…ahora veo que vivo con fantasmas”. No tenía mucho lugar donde escabullir la mirada, no me quedó más que verla fijamente. Me aterró tenerla en esos escasos 5 metros cúbicos…sin poder zafar de ninguna manera. La tuve que mirar y comprobé lo que no creía: no es peluca lo que usa. Esa especie de “nido” que lleva en la cabeza es suyo. Aparentemente el aspecto plástico, sucio y desprolijo está dado por el hecho de que no se lo peina/lava muy a menudo. Mientras me seguía increpando yo sólo le miraba los rulos y pensaba donde quedó el Nopucid…necesito un enjuague para combatir la pediculosis YA!!! Por la apariencia, calculo que la última vez que le entró al peine, todavía se usaban cospeles para viajar en Subte.

Superado el shock, hice memoria: de donde vendrá su enojo? Y ahí recordé la carta que me dejó por debajo de la puerta hace unas semanas. Me llevó tiempo entenderla, pero con unos amigos afectos a los jeroglíficos, conseguimos descifrarla…mas no contestarla. Nunca encontré las palabras indicadas para decir “no”, sin que suene tan “no”.

Evidentemente el incidente afectó a la señora más de lo que suponía. Entró a la casa y encendió la radio. Les recuerdo que la señora no es sorda…no es que escucha menos que lo reglamentario…no escucha NADA. Las paredes temblaban por el volumen de la radio.

Tuve que bajar a hablar con el único que me entiende en estos casos: Aurelio, el encargado. Con ese sexto sentido con el que cuenta, o quizás aturdido por la música, lo encontré a mitad de camino, con las llaves del cuarto de seguridad en la mano. No necesité decir mucho…tan solo mi expresión y la frase “está peor que nunca, no?”. Asintió, abrió la puerta, prendió la luz, buscó el interruptor y bajó la tecla. El sonido cesó. Esperamos unos segundos y volvimos a suministrarle energía eléctrica.
Esta práctica es bastante habitual. Siendo yo única sobreviviente del consejo de administración, estas tareas me son permitidas…y hasta solicitadas de vez en cuando.

A partir de ahora, antes de salir, miraré por la mirilla para no encontrarla esperándome para acusarme por mi conducta fantasmagórica. Bastante con suponer que tengo un fantasma en casa que me enciende la tele cuando quiere, como para encima soportar falsas acusaciones de mi vecina insana…y todo esto antes del Jueves, día de mi terapia…

María, casi a oscuras…apagué todo para que no sepa que estoy en casa…
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