El Viernes, en una de esas charlas que podrían llevar por título “de qué barrio sos?”, me enteré que Sandra, una compañera de trabajo, vive a un par de cuadras del departamento en el que viví hace como 10(diez) años. Todos enumeramos las virtudes del lugar donde estamos y damos los motivos por los cuales nos iríamos o nos quedaríamos.

Escuché la frase que desencadenó la ola de recuerdos: tengo cerca el Parque Rivadavia.

Todo empezó como un juego…”mirá…la paloma hizo un nido detrás del plantero y puso un huevito…vamos a poder ver como crece el bebé paloma…le vamos a dar de comer…vamos a ser como una mascotita…qué lindo”.

Al cabo de unas semanas, (no me pidan exactitud, estoy nerviosa de sólo recordar) el pichoncillo nació. Al parecer, como todo bebé, tenía trastornos de sueño, o no le importaba en lo más mínimo mi deseo de dormir por las noches. A cualquier hora me despertaban esos graznidos con los que reclamaba comida o quien sabe qué.

No quise ser sanguinaria…le dicté sentencia de desalojo, mas no de muerte. Esperé que el bebé palomo estuviera grande para echarlos.

Qué familia más recibidora de visitas resultaron ser estos “okupas”!!!! Por día, media docena, como mínimo, caían a ver al retoño. Y, sin entrar en detalles, no eran muy limpios que digamos. Cada tarde, al regreso del trabajo, tenía que baldear el balcón si quería salir a colgar la ropa.

No conformes con ensuciar el piso, las muy ladinas, esperaban que colgara la ropa limpia, tomaban vuelo, armaban una formación como en “V” y me las ensuciaban descargando sus vientres al vuelo. Una inmundicia. Y de nuevo a lavar, y de nuevo a colgar. Me quedaba haciendo guardia y no venía nadie.

Sacrifiqué una remera, los palos de la escoba y del escobillón, una bolsa de agua caliente y un almohadón e improvisé un espantapájaras.

Pobre émulo de Trapito…me daba tanta pena verlo a la noche todo chorreado…qué falta de respeto.

Lo armé un par de veces hasta que abandoné la táctica. Contraté una empresa que se dedica a ahuyentar plagas. Me cobraron un ojo de la cara y me vendieron un producto (creo que se llamaba Le Mans) para untar las barandas del balcón. El teoría, de esa manera no se apoyarían, no les gustaría el lugar y se irían. Al parecer, esta variedad de aves había sufrido una mutación, puesto que el dichoso producto no hizo más que darme bríos en su campaña. Defecaron hasta la canilla del lavadero y, lo peor, pusieron 2 (dos) huevos más. Sin ningún remordimiento, los quité del nido y los llevé a Zárate para que otras aves los adoptaran. Diego y el Pucho fueron mis ayudantes en semejante misión.

A modo de venganza, soltaban ese inconfundible sonido gutural toda la noche.

Conseguí una horqueta y armé una gomera (también llamada honda…como la que David usó contra Golliat). Compré una bolsa de bolitas de vidrio a manera de municiones y contraté a Luisito, el adolescente hijo desempleado de una vecina para que, en mi ausencia, les caiga a gomerazos a ver si así se iban. El primer día el resultado no fue muy bueno. Había sido que los anteojos que usaba Luisito eran precisamente para corregir algún defecto de la visión. Queriendo tirarle a mi balcón, rompió el vidrio del lavadero de la mamá. Suspendimos esa maniobra por peligrosa y costosa.

El último intento lo encaré yo. Compré un foco de 300 watt. Más parecía reflector que foco. Lo dejé al lado de la ventana. Agosto. Viento. Un frío de novela. A las 3.00 am se empiezan a escuchar los típicos con que se comunican. Abrí la ventana. Encendí el foco. Las encandilé. Les coloqué sendos broches de ropa sujetándole las alas en la parte superior y las metí en la cocina. Saqué el cuchillo más grande que tenía. Lo unté con el producto aquel (Le Mans), y se lo apliqué a las patas hasta donde empezaban las alas. Si el efecto era el deseado, iban a sentir picazón, se sentirían incómodas y se irían. Me asusté al ver mi reflejo en la ventana. El cuchillo era grande…estaba despeinada (pelos parados mal), y mientras esparcía el ungüento ese…silbaba. No recuerdo la melodía…pero tampoco viene al caso.

Al otro día volvieron a armar el nido y pusieron 2 (dos) huevos.

Me mudé a un departamente sin ventanas, en Barrio Norte, a 5 (cinco) manzanas de una plaza…que además parece que es hostil para las palomas…no lo se…mejor para mi.

Hace un tiempo quisieron aparecer unas por acá. No se si fruto de la casualidad o fueron enviadas por algunas resentidas con sed de venganza. No lo se…un buen sacudón las alentó a buscar otro lugar para hacer nido…mi casa no.

Tarde bastente en superar lo sucedido…de hecho hoy, cuando veo una paloma, todavía me sudan las manos y me dan ganas de hacr justicia. No me preocupo mucho, cuando solucione mi problemita de claustrofobia, me anime a dormir en camas marineras y pueda estar en lugares desconocidos a oscuras, seguro en terapia empiezo con ese tema.

María, dudando de que realmente sean el símbolo de la paz…

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