Lamentablemente, en mi caso no es así: nada me regalan, yo siempre compro.

No piensen cualquiera, eh? Estoy hablando de los novedosos objetos que se venden en la vía pública. Todavía recuerdo aquella tarde en el tramo de combinaciones de las líneas “C” y “B” del subte: mucha gente alrededor de “el espectáculo”. Apenas hacía 15 (quince) años que había dejado el pueblo y mi capacidad de asombra estaba intacta…como ahora, cualquier cosa me llama la atención. Poca luz, un muchacho hablándole a un pequeño muñequito articulado que contestaba las preguntas como si fuese un ser animado. Como a los gatos de mi madre: sólo le faltaba hablar. El joven le preguntaba “tenés novia?”. Todo el muñequito de movía (solo) indicando la negativa. “Qué harías con tu ex-mujer?”. El muñequito se quedaba suspendido en el aire, con el ademán típico de los ahorcados. Arrancaba aplausos por docena. Todavía los recuerdo, como así también recuerdo su nombre: Cachito. La escasa luz me daban ganas de irme, pero la magia que animaba a Cachito no me dejaba mover. En eso, el “animador”, por llamarlo de alguna manera, dice “llévese a Cachito a su casa y haga el deleite de grandes y chicos…$6 lo que vale…2 x $10”. A punto estuve de imitar a los argentinos en Miami en la época de la plata dulce: “deme dos”, pero no, mi instinto conservador me limitó a la compra de un solo Cachito. Saqué los $6 (aunque aparezca el símbolo $, en realidad, eran Australes), la muchedumbre que rodeaba el espectáculo se corrió, dejándome el privilegio de ser la primera en adquirirlo. No el que estábamos viendo, obvio, sino otro que venía celosamente guardado en un sobre de madera. El vendedor me pidió por favor que no abriera el paquete en público para no arruinarle la ilusión. Así lo hice. Abordé el siguiente tren, me coloqué cerca de un foco, abrí el sobre y leí las instrucciones. El cuadradito de tergopol que hacía de tronco estaba cubierto con una cinta aisladora. Unas cintitas de tela hacían de extremidades, y un circulito de cartulina con unos puntitos, un triángulito y unos dientes, hacían de cara. La cinta aisladora, además de hacer de vestimenta, sujetaba un hilo que, según las instrucciones, debía ser sujetado de manera INVISIBLE a una columna o similar. El otro extremo del mismo debería estar sujeto a uno de mis dedos meñiques, provocando que, ante un disimulado movimiento mío, Cachito se comportara cual objeto del Teatro Negro de Praga. Si la piola hubiese sido transparente y más finita, si estuviéramos en época de apagones y nos encontráramos iluminados sólo por velas y el público fueran todos pajueranos como yo, seguramente pude haber montado una obra con “mi Cachito”. Lo llevé a la oficina. Mucha luz me arruinó de entrada…todos veían que estaba atado al perchero y a mi mano. Además, todos se acercaban mucho, nadie se animó a la larga distancia como había hecho yo. En fin, no fue una de mis mejores compras en cuanto al resultado artístico, pero los 6 australes dieron su fruto: no hubo quien no se riera de mí en toda la oficina…y éramos muchos, eh?

No voy a decir que esa fue la última vez que me metieron el perro…en general me gusta convercer y convencerme que todavía puedo creer en la ilusión y la magia.

Sin ir más lejos, esta semana vi unos flacos que están vendiendo una serie de alambrecitos que en la punta tienen unas perlitas. Dicen que activa la circulación, ayuda al crecimiento del cabello, saca el stress, aumenta la memoria y rasca la cabeza…en caso que pique, no? Lo vi a $15 en Florida y a $10 en Lavalle. La diferencia es la cantidad de alambrecitos de cada uno. Si lo hago, lo hago bien, me voy a comprar el de $15. No veo la hora de estar sentada en casa, con esa especie de “casco” de alambres con perlitas, haciendo que miro tele, pero en realidad estaría aumentando mi coeficiente intelectual.

No se si aparecerá alguna vez en Sprayette o en Teve Compras, pero no me van a decir que no es un excelente autoregalo…como diría una amiga: es re-top!!!

Voy a preguntar por precio al mayoreo, quizás consiga alguna oferta. Me avisan si quieren que les compra alguno para ustedes?

El año pasado me compré una manito retractil de bambú para rascar la espalda. Ya no tengo que poner en riesgo mis uñas si me pica algo, la manito rasca por mi. Después de semejante placer, en mi ranking de cosas imprescindibles, creo que viene este masajeador capilar. Ya les contaré las novedades.

María, desde la sociedad de consumo y la globalización…
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