Por un capricho del movimiento de nuestro planeta alrededor del sol, gente que sabe de estos temas, decidió que cada 365 días y 6 horas cambiemos el número de lo que comunmente llamamos “año”. Y sin saber por qué, asignamos expectativas a ese hecho. Y está bien. Nos permitimos pensar que hay un “corte” y podemos enderezar lo torcido y que todo puede ser mejor.

Con la aparición de las canas me di cuenta que no necesitamos de ese final y el principio…podemos tomar la decisión de resolver el problema sólo cuando determinemos que es el momento. Está todo bien con el sol, los cultivos, períodos de apareamiento y cría, colegio y vacaciones y demás…pero ¿qué corno tendrá que ver la fecha con perdones, reconciliaciones, olvidos o deseos?

Me niego rotundamente a esperar otra tanda de 365 días y 6 horas
para volver a sentir que todo puedo empezar desde cero y que tengo la
posibilidad de hacer las cosas bien. Estoy convencida que TODOS los días puedo hacer el cambio, que cada día es nuevo y tiene la misma magia que el 1 de enero, que si puedo desearles a todos un buen año, puedo desearles también un buen día, que puedo estrenar una hoja en mi agenda sin tener que cambiarla, que no necesito de fuegos artificiales para mirar el cielo y sentir felicidad, que soy capaz de cerrar etapas cada instante que me lo proponga, que tengo motivos para brindar cada noche, que puedo sentir ganas de abrazarlos a todos en este instante, aunque la señora que da la hora no
diga “cero hora, cero minutos, cero segundos”, que todos tenemos el tiempo para hacer esa llamada o mandar ese mensaje optimista.

Entonces amigos, no esperen que haga o diga nada especial…al fin y al cabo es un día más…y de cada uno de nosotros depende lo que hagamos con él.

Aunque, para no perder la costumbre…FELIZ AÑO!!!!!!

María, esperando que sean las 12.00 para tirar un rompeportón en la orilla del río…así los pescados también se enteran que estoy festejando…

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